Displicencia

(Del lat. displicentia.)
sustantivo femenino
1 Falta de ánimo o interés en la realización de una cosa o acción, por dudar de su bondad o desconfiar de su éxito.
2 Actitud del individuo desagradable e indiferente en el trato.
* * *
Sinónimos: desaliento, desdén, apatía, desprecio, indolencia, incomprensión, indiferencia.
Antónimos: amabilidad, agrado, complacencia, cortesía.
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20151109

El Parque

El sol aparece coloreando las copas de los árboles en el parque, las aves se amontonan a buscar las semillas y trozos de pan que lo niños avientan de camino a la escuela. Las amas de casa apuran su paso para llegar pronto al mercado de enfrente y regresar a tiempo a preparar la comida.
Se siente ya el calor de medio día, el parque se ve anegado de amores adolescentes recién jurados sobre las bancas, de la infancia que se empapa las sonrisas con la lluvia juguetona de las fuentes. Pronto, las reuniones de los escolares a la hora de la salida abanderan los pasillos con uniformes en tonos verdes, azules, cafés y rojos.
Los músicos afinan sus armas en el quiosco para la hora de disparar sus notas y hacer sonreír a los corazones de los abuelos que gozan de bailarle al ocaso. Ya la luna asoma al otro lado del parque, oficinistas y trabajadores atraviesan una fiesta sin notarlo, sus mentes van llenas de la esperanza del descanso.
La noche plena, los tonos melancólicos que nos obsequian las perlas luminosas de las farolas nos invitan a conversar con la soledad, con el frío. El distante ruido de un par de autos a alta velocidad no irrumpe el sueño de los perros sin hogar que buscan cobijo entre los arbustos. La obscuridad sabe que este parque nunca duerme.

20151101

El Otero

Te seguimos extrañando, Saúl.


Por las noches se deshace el otero —contaba mi abuela—, era el único cerro de tierra blanca en kilómetros de pura tierra roja, ahí el viento es tan fuerte por las tardes que nadie podía vivir en esas tierras. Yo vivía en La Noria, el poblado más cercano a Otero, desde ahí por el día puede verse la punta del cerro pero de noche se desaparece.
Un día, mientras cuidaba las borregas, una corrió para El Otero y tuve que ir a buscarla porque si llegaba con una menos seguro que mi papá me deshacía la espalda a palos. Pasaba el medio día, el sol se reflejaba con fuerza sobre la tierra blanca, había caminado bastante y ya no me quedaba agua, me senté bajo la sombra flaca de un árbol sin hojas y me quedé dormida un par de horas, el ruido del polvo golpeando en el árbol y los berridos de mi borrega me despertaron. El polvo no me dejaba abrir los ojos, el tronco del árbol era hueco y me metí para protegerme. La tierra oscureció el horizonte, abracé mis rodillas y comencé a rezar. Cuando ya no escuché los berridos, el viento soplaba con menos fuerza y ya no había polvo por todas partes, alcé la cabeza y ya había anochecido. El cerro hizo un estruendo como desde sus entrañas, saqué la cabeza para ver qué era lo que sucedía, la noche era hermosa, la luz de la enorme luna llena se proyectaba contra el espejo blanco que era la tierra de Otero, haciendo parecer a aquel cerro como una perla sobre una nube. Desde donde estaba sólo podía escuchar cómo se desgajaba por el otro lado el cerro hasta que quedó a la mitad de su altura, luego vi como poco a poco se desprendía quedando un puñado de piedras. No podía creer lo que miraba, de principio pensé que seguía dormida y me pellizqué un brazo, cerré fuerte los ojos y al abrirlos me di cuenta que lo que veía era real: eran personas de piedra. El fuerte viento había formado montoncitos de ramas que los hombres de piedra juntaron para hacer fogatas alrededor del puñado de piedras que quedaban del cerro. Parecía una fiesta, nadie decía nada pero las mujeres de piedra hacían pan y comida con barro, los niños corrían alrededor de las fogatas y los hombres, sentados, miraban. Así pasaron la noche. Daban las cuatro de la mañana cuando las mujeres tomaron a los niños en brazos y los pusieron sobre el montón de piedras, luego ellas se abrazaban cubriendo a los niños, siguieron los hombres dando forma de nuevo al otero, al final subían los hombres y mujeres más longevos que tenían jorobas y estaban llenos de arbustos.
Esperé que terminara de formarse el otero y salí del tronco corriendo hacía mi casa. A la entrada del pueblo estaba mi madre con un grupo de señoras, todos me estuvieron buscando pues por la tarde habían vuelto las borregas y a media noche llegó sola la que había seguido hasta El Otero. —Terminó de contar mientras limpiaba sus ojos y miraba al cerro que está pasando el río, rumbo al panteón—.
Siempre que contaba de Otero sus ojos se llenaban de lágrimas pues inventó  la historia una noche de junio, cuando murió su primer hijo varón, el viento había soplado muy fuerte por la tarde, como un mal augurio que llevaba. Oscurecía cuando mi tío ensilló su caballo para ir con su novia, a medio camino y sin razón alguna el caballo reparó tirándolo de boca, el animal corrió enloquecido sobre el pedregal llevando a rastras su delgado cuerpo que una cuerda sujetaba del pie izquierdo a la montura. Cuando se dieron cuenta el caballo brincaba la cerca de piedras que al caer hicieron un ruido ensordecedor, quedando mi tío, aún con vida, sobre el montón de piedras ensangrentadas. Murió de camino al hospital. Mi abuela no soportaba el dolor y sólo miró desde la ventana de la cocina el funeral que se llevaba a cabo en el patio central de la casa. Él era muy querido en el pueblo y para despedirse las personas abrazaban el féretro. Los cirios duraron encendidos toda la noche, el viento volvió a soplar hasta entrada la tarde, minutos después de sepultar su cuerpo.

Publicado en A Rostro Oculto Revista No. 15

20150509

Afortunado

Cae una lluvia torrencial, el parque está tan vacío y apenas iluminado por un par de farolas que, con ese ambiente, hacen ver a aquel hombre todavía más infeliz de lo que se siente.

Francisco llegó al parque pasado el mediodía y un vagabundo sentado al otro lado de la banca, al notar su pena, se acercó a platicar con él. Al principio sólo emitía monosílabos y no hacía menor caso al hombre pestilente ahora a su lado. Cuando al fin hubo regresado del sopor, el vagabundo ya no le cuestionaba y Francisco comenzó a contarle lo que había sucedido unas horas atrás:

— Desperté temprano, mi esposa ya preparaba café para el desayuno, bebí media taza y tomé mis cosas para ir al trabajo. La oficina no es de mis lugares preferidos, pero me agrada mucho mi trabajo. A las dos horas de haber llegado me llamó mi jefe para que fuera a su oficina. Sin más motivos me agradeció los años que había servido a la empresa y me echó a la calle. Pero no crea que perder el trabajo es lo que me tiene así, para nada. Llegué a mi casa y justo frente a la puerta encontré unas cajas llenas con mis cosas, intenté abrir la puerta pero ninguna de mis llaves entró en la cerradura. Mi esposa me había echado de la casa. Ella no estaba, metí las cajas al coche y, como no tengo a dónde ir, aquí estoy pensando qué hacer ahora con mi vida.

— ¡Vaya desgracia la suya! —Contestó el vagabundo. — A diferencia de usted, hace algún tiempo, decidí deshacerme de todo. Yo era el gerente de una importante empresa, tenía un mundo de gente a mi cargo; comía en excelentes restaurantes y con un solo movimiento de manos obtenía lo que quisiera. Cierto día, terminando una junta de negocios, celebraba con mis colegas el triunfo que acabábamos de obtener, la secretaria me abrazó y me dijo: ‘Qué suerte tiene, ingeniero’. Quedé todo el día pensando si en realidad era yo un tipo afortunado y fue entonces que decidí dejar todo, empleo, casa, amigos, comodidades. Si mi suerte era tan buena, no me faltaría nada.

El vagabundo pasó toda la tarde contándole a Francisco las cosas que le sucedían a causa de su buena suerte. Frente a ellos pasó un vendedor de dulces y Francisco compró un par de cigarros, el vagabundo aceptó de buena gana y cuando el sol estuvo ya por ocultarse prendió su cigarro y se fue. Francisco no se movió de la banca y pensaba en aquel hombre que jugaba con su suerte cuando él se sentía tan desafortunado.

Comenzaron a encenderse las farolas del parque y el cielo amenazaba con hacer aún más triste el día de Francisco. Fue a su carro y tomó una chamarra. Todavía no había resuelto a dónde ir, así que volvió a la banca encontrándose en ella una nota y un billete de lotería, la nota decía: ‘Hoy ha tenido la desventura de perderlo todo. Que cambie su suerte.’ Sintió que el vagabundo se burlaba y rompió los papeles en pedacitos. Molesto, se quedó sentado en la banca un par de horas más, se puso los audífonos para no tener que conversar con otro vagabundo y sintonizó en su celular una estación de radio. Tocaban una vieja canción que le gustaba —¡Algo bueno!— pensó. Al final de la canción se escuchó a los niños gritones anunciando los números ganadores del Premio Mayor, Francisco recordó cada número impreso en el billete al mismo tiempo que los escuchaba. Armó el rompecabezas que había hecho con el billete y cuando descubrió que era el ganador. El cielo se desplomó al mismo tiempo que Francisco, llevándose en el caudal los restos de la buena suerte que le había obsequiado el mal oliente vagabundo.

Publicado en A Rostro Oculto No.14

Vagón 478

Llego antes, como es mi costumbre. Me tiro en un lugar donde no pasa mucha gente, para no estorbar y poder mirar cuando llegues. Desde aquí se ve como comienza a llenarse el andén. Debe ser bastante temprano, el desfile de soñolientos ojos, mirando hacía el suelo que se dispersa al entrar a la estación, me dan una idea de la hora. Saco un libro para no aburrir la espera. Leo un par de páginas, pero los nervios no me permiten concentrarme y ya no sigo leyendo más, ¿qué tal si llegas antes? pienso al devolver el libro a la mochila. Han pasado ya suficientes minutos, así que decido encontrarte entre la gente. Entran y salen decenas de rostros, pero ninguno se parece un poco a ese rostro misterioso tuyo. Me levanto y le doy dos vueltas a la estación, mirando para todos lados, pero aún no llegas. Aparece el décimo tren, de la primera puerta del vagón 478 sale un hombre alto y delgado, con un sombrero negro. ¡Por fin! me digo en pensamiento al verte. El corazón se me acelera y por un instante quiero correr y abrazarte. Te sigo con la mirada y al darte vuelta hacia la salida sólo consigo enviar un silencioso beso que cae en el ala de tu sombrero.


Publicado en A Rostro Oculto Revista No.12

Fosa Común



Le construirá un altar el padre por toda la tierra
al no saber dónde escondieron a su hijo;
le llorará la madre a toda la tierra
por no saber dónde quedó su hijo;
le llenará con flores la hermana a toda la tierra
por no saber dónde quedó su hermano;
pedirá perdón el pueblo al pisar toda la tierra
donde yacen enterrados con su indiferencia
los que reclaman las lágrimas de sus padres,
los que germinan sus sueños de lucha que harán brotar justicia;
se cosechará por toda la tierra el combate libertario;
se recordará cada nombre secuestrado y desaparecido;
se gritará por el que ha sido enmudecido.

Danza en el aire



Arrojándose
en un último paso,
la vida se va
como suspiro ahogado.
En el apasionado beso
los pies dejan el suelo,
ella reclama el alma
la gravedad el cuerpo.
Bufanda helada y tirante,
pintando la piel al roce
con su delgado cuerpo…
La danza sigue,
llevando la muerte
prendada al cuello.

20140819

Taxidermia

Me gustaba ir de visita con mi tío, vivía en una vieja construcción que adecuaron como varios departamentos. Mi tío era un tipo extraño, como un vaquero perdido en la ciudad; su sombrero texano y sus botas de cuero no combinaban con el tráiler que conducía, su esposa intentaba parecer adinerada, hasta caer en lo ridículo; sus tres hijos, mis primos, eran muy pequeños y no me divertía jugar con ellos, pero ir de visita cada fin de semana a casa de mi tío me llenaba de emoción.
Un día, mientras mis primos y hermanos jugaban a la pelota, yo me senté a mitad de una escalinata de cemento y entre miradas curiosas descubrí una cortina a medio cerrar por donde se podía ver un poco del interior de aquel departamento. A los siete años y ver todo eso, tan escalofriante, en un cuarto a media luz, debe aterrar, pero yo estaba llena decuriosidad. Imaginé que ahí vivía una especie de brujo y había encantado a todos esos animales para que no hicieran travesuras mientras él no estaba en casa. En verdad quería saber qué era eso que había adentro, si era producto de un hechizo o por qué nada se movía si se veía tan vivo, ¿qué es lo que le hicieron a los animalitos?, me preguntaba.
Mis tíos no sabían el nombre de su vecino, pues no lo habían visto, sólo cuando escuchaban el ruido, o la música, o veían luces encendidas sabían que había alguien ahí. Era un hombre alto, delgado, como de unos cuarenta años y hablaba con un acento extranjero; también era un poco extraño (de diferente manera que mi tío), no vestía estrafalario pero vivía solo, entre muchos animales muertos y tenía las paredes llenas de libros. El día que lo conocí llegó con un par de costales, yo estaba husmeando por donde la cortina me dejaba ver un poco más; se paró a un lado de la escalinata, a la altura del escalón donde yo estaba, y dijo:

— ¿Sabes qué es eso que hay adentro?
—Se ven como animales, pero ¿por qué no se mueven? —Contesté yo.
Enseguida escuché la voz de mi mamá gritándome para que fuera a comer y me fui corriendo, sin esperar a que el hombre me diera una respuesta. Mientras comíamos me regañaron por andar husmeando en las ventanas de los departamentos y me advirtieron que no molestara de nuevo al vecino. Mucho tiempo después, en una plática que escuché, mi tía se quejaba porque un día el vecino dejó la cortina abierta y, al ver lo que había en el interior del departamento, mis primos se asustaron tanto que ya no querían jugar en el patio, “que es taxidermista y por eso tiene tantos animales disecados”, dijo mi tía.


Publicado en A Rostro Oculto No.2

Mar

I

Es el mar
el que dibuja mi silueta en su orilla,
sobre su arena.

Es mar
en que me hundo
y me endulza con su sal.

Es él,
mar que me atrae
y me aleja.

II

He venido a entregarle sueños
a tu oleaje,
que los liberes
y los cuentes en tu arena.

He venido a pintar el sol
de tus tardes tersas,
para ver el horizonte
desvanecerse en tus aguas.

He venido a cubrirme
de tu sal,
de tu arena,
con tu agua,
llevarte en la piel.

III

No nos dieron el mar
lo hicimos nuestro,
lo bebimos,
nos ahogamos con su sal,
disfrutamos ese sol.

No nos dieron el mar
él nos tomó,
nos escurrió en su arena,
entre sus olas nos lleva,
y en el fondo nos revuelca.

IV

Con el rostro cubierto de sal
se ven alejándose sus aguas,
vuelven
descubriéndonos los pies,
llevándose la arena
que nos sepulta a su llegada.

V

Extrañar lo delicado
con que sus olas recorrían mi espalda
cálida
de pasar la noche sobre su arena.

No quiero una vida
lejos,
añorando su húmeda y fresca brisa,
estremeciéndome.

Publicado en A Rostro Oculto No.6